Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Con una temperatura de cuarenta grados a la sombra, no parecía un comentario brillante. Pero para gran sorpresa suya, ella se aferró a sus palabras con mucho entusiasmo. Se volvió hacia él y sonrió de nuevo.
—¡Es como si estuviéramos metidos en un horno!
Con eso hicieron las paces. La tonta y banal observación que les había devuelto a la tranquilizadora charla de Club, la había calmado como un conjuro. Fio, que se había quedado algo retrasada, se les acercó con la lengua fuera y babeando; al segundo, estaban hablando, algo bastante habitual, sobre perros. Charlaron sobre perros durante el resto del camino a casa, prácticamente sin parar en ningún momento. Los perros era un tema inagotable. ¡Perros, perros!, pensó para sí Flory mientras subían por la recalentada pendiente y el sol les abrasaba los hombros bajo sus finas ropas cual aliento del fuego. ¿Hablarían alguna vez de otra cosa que no fueran perros? ¿O a falta de perros, pasarían a conversar sobre discos de gramófono y raquetas de tenis?
Y a pesar de todo, ¡con qué facilidad y en qué tono tan amistoso hablaban de estas tonterías!