Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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Pasaron ante la reluciente pared blanca del cementerio y llegaron a la verja de la casa de los Lackersteen. En torno a la casa crecían mohures dorados y había un seto de malvas de dos metros de alto salpicado de flores rojas y redondas como las caras de chiquillas coloradotas. Flory se descubrió al llegar a la sombra y se abanicó con el sombrero.

—Bueno, hemos vuelto antes que llegase lo más caluroso del día. Me temo que nuestra excursión no fue del todo un éxito.

—¡Al contrario! Me ha gustado mucho, de veras.

—No… No sé el porqué, pero parece como si siempre tuviera que suceder algo inoportuno… Ah, por cierto, ¿no habrá usted olvidado que pasado mañana nos vamos de caza? ¿Le viene bien ese día?

—Sí, y mi tío me va a prestar su escopeta. ¡Será muy divertido! Tendrá usted que enseñarme todo sobre la caza. Tengo tantas ganas de ir…

—Yo también. Es una época malísima para ir de caza, pero haremos lo que podamos. Hasta luego, entonces.

—Adiós, Mr. Flory.

Ella le seguía llamando Mr. Flory, a pesar de que él la llamaba Elizabeth. Se separaron y cada uno marchó pensando en la jornada de caza, que ambos confiaban en que contribuiría a que todo se arreglase entre ellos definitivamente.


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