Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Y no sin razón, pues todo lo que él había logrado en su vida era una insignificancia comparado con esto. Era un auténtico triunfo (doblemente tratándose de Kyauktada) que un funcionario de tercera categoría se abriese paso hasta llegar al Club Europeo. El Club Europeo, ese remoto y misterioso templo, ese portal místico de acceso más difícil que el mismo Nirvana. ¡Po Kyin, el golfillo desnudo de Mandalay, el empleado ladronzuelo y oscuro funcionario entraría en ese lugar sagrado, llamaría “amigo mío” a los europeos, bebería whisky con soda y golpearía bolas blancas de un lado para otro sobre la mesa verde! Ma Kin, la pueblerina que había vislumbrado por primera vez los rayos del sol a través de la techumbre hecha con hojas de palmera de una choza, se sentaría en un sillón y llevaría los pies embutidos en medias de seda y zapatos de tacón (¡sí, vestiría zapatos en aquel lugar!) mientras hablaba con damas inglesas en indostaní de ropita para bebés. Era una perspectiva como para deslumbrar a cualquiera.
Durante un rato, Ma Kin permaneció en silencio, con la boca abierta, pensando en el Club Europeo y en las maravillas que contendría. Por primera vez en su vida contemplaba las intrigas de U Po Kyin sin desaprobarlas. Quizá haber sembrado un grano de ambición en el apacible corazón de Ma Kin era una proeza aún mayor que el hecho mismo de irrumpir en el Club.