Los dias de Birmania
Los dias de Birmania —¡Qué agradable visita, Mr. Flory! Por favor, póngase cómodo, si es que se puede hablar de comodidad en un sitio así, ja, ja, ja… Después, cuando estemos en mi casa, ya podremos hablar confortablemente mientras tomamos unas cervezas. Le ruego que sea tan amable de disculparme mientras atiendo a toda esta prole.
Flory se acomodó en la silla e inmediatamente comenzó a sudar, llegando a empapar su camisa. El calor de la habitación era agobiante. Los campesinos desprendían olor a ajo por todos sus poros. Cada vez que se acercaba a la mesa un hombre, el doctor saltaba de su silla, daba unos palmaditas al paciente en la espalda, pegaba su oreja morena al pecho, le formulaba una serie de preguntas en birmano popular, y después volvía a su silla y escribía una receta. Los pacientes se las llevaban luego al farmacéutico, que les entregaba botellas llenas de agua y con algunas sustancias vegetales. El farmacéutico se ganaba la vida en gran parte gracias a la venta de drogas, ya que el Gobierno apenas le pagaba veinticinco rupias al mes. Sin embargo, el doctor no estaba al corriente de esto.