Los dias de Birmania

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La mayoría de las mañanas, el doctor no tenía tiempo para atender a los pacientes externos él mismo y confiaba esta tarea a alguno de sus ayudantes. Los métodos de diagnóstico de éstos eran muy breves. Se limitaban a preguntar al paciente «¿Dónde te duele, en la cabeza, la espalda o la barriga?», y según la respuesta le entregaban una receta previamente redactada de las que tenían apiladas en tres montones distintos. Los pacientes preferían este método al del doctor, que tenía la manía de preguntarles si padecían enfermedades venéreas (una pregunta que no venía a cuento, poco caballerosa) y a veces les metía miedo sugiriendo la conveniencia de operar. “Cortar barrigas” era como lo llamaban los nativos.

Cuando el último paciente hubo desaparecido, el doctor se hundió en la silla abanicándose con el cuaderno de las recetas.

—¡Qué calor! Hay mañanas que creo que no lograré quitarme de la cabeza este pestazo a ajo. Es increíble cómo hasta la sangre se les impregna con ese tufo. ¿No está usted asfixiado, Mr. Flory? Ustedes los ingleses tienen el sentido del olfato muy sensible, quizá demasiado para un país como éste. ¡Menudo tormento deben sufrir en nuestro asqueroso Oriente!

—Dejen sus narices antes de entrar aquí. Tendrían que poner un letrero que dijera eso en el Canal de Suez. Parece usted muy ocupado esta mañana.


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