Los dias de Birmania
Los dias de Birmania —Igual de ocupado que siempre. Ay, amigo mÃo, qué desalentadora es la labor de un médico en este paÃs. ¡Estos campesinos son unos puercos salvajes e ignorantes! Lo más que podemos hacer es convencerlos de que vengan hasta el hospital, pues prefieren morir de gangrena o cargar con un tumor del tamaño de un melón durante diez años antes que ver un bisturÃ. Por no hablar de las medicinas que les dan sus médicos de confianza: hierbas recogidas con luna nueva, bigotes de tigre, cuerno de rinoceronte, orina, flujo menstrual… ¿Cómo puede nadie beberse algo asÃ?
—De todas formas, resulta bastante curioso. DeberÃa usted recopilar una farmacopea, doctor. SerÃa tan interesante como la de Culpeper.
—Borregos, borregos —dijo el doctor mientras trataba de enfundarse su chaqueta blanca—. ¿Vamos a mi casa? Tengo cervezas y espero que aún queden unos cuantos pedazos de hielo. A las diez tengo una operación muy urgente, una hernia estrangulada. Pero hasta entonces estoy libre.
—Estupendo. De hecho hay algo de lo que me gustarÃa hablarle.