Los dias de Birmania
Los dias de Birmania —No, no, amigo mÃo; no, no —el doctor estaba tan disgustado que fue raudo hacia Flory y le cogió por el brazo—. ¡Usted no tiene que explicarme nada! ¡Ni lo mencione, por favor! Lo entiendo perfectamente, en serio.
—No, no puede usted comprenderlo. Nunca podrÃa. Usted no puede saber el tipo de presión que se ejerce sobre uno para que haga cosas asÃ. No habÃa nada que justificase el que firmara la nota. Si me hubiera negado no me habrÃa ocurrido nada. No existe ninguna ley que nos obligue a comportarnos de ese modo despreciable con los orientales, más bien todo lo contrario. Pero el caso es que uno no se atreve a ser fiel a un oriental cuando eso significa tener que enfrentarse al resto. No está bien visto. Si me hubiera empeñado en no firmar la nota, me habrÃan hecho la vida imposible durante una o dos semanas. Asà que cedà como de costumbre.
—Por favor, Mr. Flory, por favor. Le aseguro que si continúa me hará sentirme muy incómodo. Comprendo perfectamente la situación en la que se encuentra.
—Ya sabe que nuestro lema es: «En la India, haz lo que los ingleses hagan».
—Desde luego, desde luego. Y me parece muy noble. «Permanecer unidos», que dicen ustedes. Ése es el secreto de su superioridad sobre nosotros.