Los dias de Birmania

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Ella entendió por su tono de voz que Flory no estaba dispuesto a que volviera y emitió un grito estremecedor y áspero. Se tiró de nuevo, golpeándose la frente al caer contra el suelo. Todo aquello era horrible. Y lo peor de todo, lo que más dolor provocaba a Flory en su fuero interno, era la bajeza, la falta de dignidad detrás de estas súplicas. Porque en todo aquello no había ni una pizca de amor hacia él. Si ella se arrastraba y lloraba era exclusivamente para recuperar su puesto de amante, la vida ociosa, las ropas caras y la posición de superioridad respecto a los criados. Aquella situación daba una lástima mayor de lo que las palabras pueden expresar. Si Ma Hla May le hubiese amado, Flory la podría haber echado de su casa con muchos menos escrúpulos. Pero las penas que no tienen ni rastro de nobleza resultan siempre más amargas. Flory se agachó y la levantó.

—Escucha, Ma Hla May —dijo—; no te odio y no me has hecho ningún mal. Soy yo el que he sido injusto contigo, pero ya no tiene remedio. Debes irte a casa, y más adelante te enviaré dinero. Si quieres, puedes poner una tienda en el bazar. Eres joven, y esto no te importará lo más mínimo cuando tengas dinero y puedas encontrar marido.

—¡Estoy perdida! —gimió de nuevo—. Me mataré. Me tiraré al río. ¿Cómo voy a seguir viviendo después de esta deshonra?


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