Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Apoyado contra la base de madera de la veranda, Flory la vio alejarse por el sendero bajo la intensa luz del sol. Caminaba muy erguida, se le notaba incluso de espaldas que cargaba con el peso de haberse sentido ofendida. Era cierto lo que había dicho: él le había robado la juventud. Flory sintió cómo las rodillas le temblaban. Ko S’la se colocó detrás de su señor sin ser advertido. El criado tosió ligeramente para llamar la atención de Flory.
—¿Qué pasa ahora?
—El desayuno del santísimo se está enfriando.
—No quiero desayunar. Tráeme algo de beber… ginebra.
¿Qué había sido de la vida que llevaba antes?