Los dias de Birmania
Los dias de Birmania —No es nada —murmuró ella indiferente y esperando que la besase de nuevo.
—SÃ, eran tonterÃas. Algunas cosas pueden expresarse con palabras y otras no. Además, es una impertinencia hablar tanto de uno mismo lamentándose todo el tiempo. Pero lo que intentaba decirte… Lo que quiero preguntarte es si querrÃas…
—¡Eliz-a-beth!
Era la voz aguda y quejumbrosa de Mrs. Lackersteen que llamaba a su sobrina desde el Club.
—¡Elizabeth! ¿Dónde estás, Elizabeth?
ParecÃa evidente que Mrs. Lackersteen estaba cerca de la puerta delantera, y que llegarÃa a la veranda de un momento a otro. Flory atrajo a Elizabeth contra él. Se besaron apresuradamente. La soltó, quedándose todavÃa con sus manos sujetas.
—Deprisa, no hay apenas tiempo. Respóndeme a esto: ¿quieres…?
Pero la frase no llegó a terminarse. En aquel preciso instante algo extraordinario aconteció bajo sus pies; el suelo se estaba levantando y ondulando como las olas del mar. Flory se tambaleaba y finalmente cayó, dándose un fuerte golpe en el brazo contra un suelo que se precipitaba contra él. Ya en el piso, se vio sacudido de un lado a otro violentamente como si una bestia gigantesca intentara echarse a la espalda el edificio entero.