Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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—¡Dios santo, un terremoto! ¡Qué impresión tan grande! ¡Mi corazón no podrá resistirlo! ¡Dios santo, un terremoto!

Mr. Lackersteen salió a trompicones detrás de su esposa con movimientos descoordinados, causados en parte por los temblores de tierra y también en parte debido a la ginebra.

—¡Maldita sea, un terremoto!

Flory y Elizabeth se recompusieron lentamente la ropa y el pelo. Todos entraron al Club de nuevo, conservado aún esa extraña sensación que se tiene en las plantas de los pies cuando se desembarca en la costa. El viejo mayordomo acudió desde las dependencias de los criados cubriéndose la cabeza con el pagri y seguido por una legión de chokras nerviosos.

—¡Terremoto, señor, terremoto! —balbuceó inquieto.

—Ya sé que ha sido un terremoto —dijo Mr. Lackersteen agachándose precavidamente para sentarse en un sillón—. Anda, trae algo de beber, mayordomo. A todos nos vendrá bien un trago después de lo que hemos pasado.

Todos tomaron un trago. El mayordomo, asustado a pesar de lo sonriente que se mostraba, se quedó cerca de la mesa con la bandeja en la mano.

—¡Terremoto, señor, terremoto! —repitió con gran entusiasmo.


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