Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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El pobre hombre se moría de ganas por hablar del acontecimiento, como todos los demás. Una extraordinaria alegría de vivir se había apoderado de ellos tan pronto habían dejado de sentir el temblor en sus piernas. Un terremoto es incluso motivo de alegría cuando ha pasado. Resulta estimulante caer en la cuenta de que no se está muerto, atrapado bajo un montón de escombros, cuando se ha estado tan cerca de abandonar este mundo. Como si se hubieran puesto de acuerdo, todos comenzaron a hablar al unísono.

—Dios mío, nunca me había llevado un susto tan grande…

—Me caí en redondo sobre la espalda…

—Era como si alguien se estuviese rascando bajo la superficie…

—Pensé que había explotado algo por alguna parte…

Y así sucesivamente; en fin, lo que se solía decir tras un terremoto. Hasta el mayordomo participaba en la conversación.

—Tú recordarás muchos terremotos, ¿verdad, mayordomo? —le dijo Mrs. Lackersteen con una cortesía que no era frecuente en ella.

—Sí, señora, muchos terremotos; 1887, 1899, 1906, 1912… Recuerdo muchos, señora.

—El de 1912 fue tremendo —apuntó Flory.


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