Los dias de Birmania
Los dias de Birmania En cuanto cruzó la verja del recinto descubrió que había un recién llegado en Kyauktada. Un joven con una larga lanza puntiaguda galopaba en un poni blanco por el maidan. Unos cuantos sijs con aspecto de cipayos le seguían a pie llevando por las bridas otros dos ponis, uno castaño y otro bayo. Cuando llegó el jinete a la altura de Flory, éste se detuvo en el camino y le dio los buenos días enérgicamente. No conocía al joven, pero en los pequeños puestos es habitual saludar incluso a los desconocidos. El otro, al ver que le saludaban, hizo dar la vuelta más mal que bien a su poni y lo llevó hasta el borde de la carretera. Era un joven de unos veinticinco años, delgaducho aunque erguido, seguramente un oficial de caballería. Tenía una de esas caras de conejo tan frecuentes entre los militares británicos, ojos azul claro y un pequeño triángulo que formaban los dientes visible entre los labios; sin embargo, su aspecto era rudo, audaz e incluso brutal. Podía parecerse a un conejo, pero a uno marcial y severo. Montaba como si formase parte del animal y se le veía insultantemente joven y apuesto. Su rostro lozano estaba bronceado lo justo para hacer un bonito contraste con sus ojos claros, y resultaba tan elegante que parecía sacado de un retrato con su topi de ante y sus botas de polo, brillantes como una pipa de caoba. Flory se sintió incómodo con su presencia desde el primer momento.