Los dias de Birmania
Los dias de Birmania —¿Cómo está usted? —dijo Flory—. ¿Acaba de llegar?
—Vine anoche, en el último tren —su voz sonaba hosca y juvenil—. Me han enviado aquà con una compañÃa de hombres por si la chusma local causa algún problema. Me llamo Verrall, de la policÃa militar —añadió sin preguntar siquiera el nombre de Flory como imponen las normas de cortesÃa.
—Ah, sÃ, oÃmos que iban a enviar a alguien. ¿Dónde se está alojando?
—Por ahora, en un bungalow dak. HabÃa un asqueroso negro cuando llegué ayer por la noche; un funcionario de aduanas o algo asÃ. Lo eché a patadas. Menudo poblacho, ¿no? —dijo haciendo un gesto con la cabeza para abarcar todo Kyauktada.
—Supongo que es igual que el resto de puestos pequeños. ¿Se quedará usted mucho tiempo?
—No, sólo un mes o asÃ, gracias a Dios. Hasta que lleguen las lluvias. ¡Qué maidan tan descuidado tienen por aquÃ! Es una pena que no tengan esto segado —añadió mientras rozaba la hierba seca con la punta de su lanza—. Asà no hay quien juegue al polo o a cualquier otra cosa.
—Me temo que no podrá jugar usted al polo por aquà —dijo Flory—. Al tenis todo lo más. Sólo somos ocho, y nos pasamos las tres cuartas partes del tiempo en la selva.