Los dias de Birmania
Los dias de Birmania —¡Dios, menudo poblacho!
Después de esto se quedaron en silencio. Los altos y barbudos sijs permanecÃan de pie junto a las monturas, formando un grupo y mirando a Flory sin ninguna simpatÃa. ParecÃa perfectamente claro que a Verrall le estaba aburriendo aquella conversación y deseaba marcharse. Flory no se habÃa sentido nunca tan de más, ni tan viejo ni tan mal vestido como en aquella ocasión. Observó que el poni de Verrall era una hermosa yegua árabe con el cuello erguido y la cola arqueada y ligera como una pluma; un maravilloso ejemplar blanco lechoso, valorado en unos cuantos miles de rupias. Verrall ya tenÃa agarradas las bridas como para marcharse, pues sin duda pensaba que ya habÃa hablado más que suficiente para una sola mañana.
—Tiene usted un poni maravilloso —dijo Flory.
—No está mal, al menos es mejor que esa porquerÃa de caballos que tienen en Birmania. Pasaba por aquà para ver si se podÃa practicar, pero es inútil intentar darle a una pelota de polo en este estercolero. ¡Hira Singh! —gritó mientras giraba su poni.