Los dias de Birmania
Los dias de Birmania El cipayo que sujetaba al poni bayo le entregó las bridas a un compañero, corrió hasta un lugar situado a unos cuarenta metros y clavó en el suelo una estaca de madera. Verrall no prestó ya la menor atención a Flory. Levantó su lanza y se colocó como si estuviera apuntando a la estaca, mientras los indios apartaban a los demás animales y le seguían observando detalladamente. Con un movimiento casi imperceptible, Verrall hundió las rodillas en los costados del poni, que salió disparado hacia delante como una bala lanzada por una catapulta. Con la facilidad de un centauro, el delgado joven se apoyó en la silla de montar, inclinó la lanza y la clavó limpiamente en la estaca. Uno de los indios exclamó entre dientes «¡Shabash!». Verrall levantó la lanza por detrás de él, y después, frenando su montura, giró sobre sí y le dio la madera atravesada al cipayo que la había clavado en el suelo.