Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Verrall ejecutó dos veces más este ejercicio/pasatiempo y acertó cada una de ellas. Lo hacía con una elegancia sin igual y una solemnidad extraordinaria. Todos los hombres, el inglés y los indios, tenían su atención concentrada en la exhibición de puntería como si se tratara de un ritual religioso. Flory seguía observando sin que le hiciera ningún caso el forastero (la cara de Verrall era una de ésas que parecen modeladas especialmente para ignorar a los desconocidos inoportunos), desaire por cual era incapaz de marcharse de allí. De alguna forma, Verrall le había producido una sensación de terrible inferioridad. Intentaba pensar en alguna excusa para reanudar la conversación, cuando vio a Elizabeth. Vestida de azul claro y saliendo de la casa de su tío. Debía de haber visto la tercera diana atravesada. Sintió cómo su corazón se estremecía de dolor. Se le ocurrió una idea, una de esas temeridades que normalmente acaban mal. Llamó a Verrall, que estaba a unos metros de él, y señaló con su bastón.
—¿Saben hacerlo también estos otros dos?
Verrall le miró por encima del hombro con arrogancia. Creía que Flory se marcharía después de haber sido ignorado.
—¿Qué?
—¿Lo saben hacer estos otros dos? —repitió Flory.