Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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—El castaño no lo hace mal. Aunque se desboca si no se le ata corto.

—¿Me deja usted probar?

—Claro —contestó Verrall de mala gana—. Pero tenga cuidado, no vaya a cortarle la boca.

Un cipayo acercó el poni y Flory fingió examinar la mordida. En realidad sólo estaba haciendo tiempo para que Elizabeth estuviera más cerca. Estaba decidido a dar en el taco de madera justo en el momento en que pasase ella (lo cual no era demasiado difícil con los pequeños ponis birmanos, siempre y cuando galopen en línea recta), para luego acercarse a ella con el trofeo. Era la jugada adecuada. No quería que ella pensase que aquel jovencito era el único que sabía montar. Llevaba pantalones cortos, que son muy incómodos para ir a caballo, pero también sabía que, como sucede a casi todo el mundo, su aspecto ganaba mucho a lomos de una montura.

Elizabeth se aproximaba. Flory montó, cogió la lanza que le tendía el indio y la agitó para saludar a Elizabeth. A pesar de eso, ella no respondió. Probablemente se había vuelto tímida delante de Verrall. Miraba hacia otra parte, en concreto hacia el cementerio, y tenía las mejillas ruborizadas.

—Chalo —dijo Flory al indio y acto seguido hundió las rodillas en los costados del poni.


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