Los dias de Birmania

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Un instante después, antes de que el animal hubiese dado dos trotes, Flory salió volando por los aires y se golpeó el hombro contra el suelo casi dislocándoselo. Afortunadamente, la lanza fue a caer lejos de él. Yacía sobre su espalda y veía borrosamente un cielo azul surcado por buitres. Poco después, sus ojos se fijaron en el pagri caqui y la cara morena de un sij de espesa barba que se inclinaba sobre él.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Flory en inglés y se incorporó apoyándose con mucho dolor sobre un codo. El sij le respondió con un gruñido incomprensible y señaló al poni castaño, que andaba suelto por el maidan con la silla de montar colgándole por debajo de la panza. Nadie había amarrado bien la cincha y se había soltado; de ahí la caída.

Cuando Flory se levantó finalmente sintió un dolor muy agudo. El hombro derecho de su camisa estaba rasgado y cubierto de sangre, y notaba que la mejilla también le sangraba. Se había hecho unos cuantos raspones al golpearse contra el suelo. Con un terrible escalofrío se acordó de que Elizabeth estaba presente y la vio entonces venir hacia él, contemplándole en aquel estado tan lamentable. «Dios mío, Dios mío» pensó, «debo de tener una pinta de idiota terrible». La idea le hizo incluso olvidarse por unos momentos del dolor. Se tapó la marca con una mano, a pesar de que era la otra mejilla la que estaba herida.


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