Los dias de Birmania

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—¡Elizabeth! ¡Hola, Elizabeth! ¡Buenos días!

La llamó con todas sus fuerzas, angustiosamente, como lo hace alguien cuando sabe que está pareciendo un idiota. Ella no respondió y, lo que resultaba todavía más difícil de aceptar, siguió caminando sin detenerse ni un segundo, haciendo como que no le había oído.

—¡Elizabeth! —volvió a llamarla desconcertado—. ¿No me viste caer? La silla se soltó. El imbécil del cipayo no la había…

Ya no cabía duda alguna de que lo había oído. Se dio un momento la vuelta y su mirada le atravesó como si no existiera. Luego fijó la vista a lo lejos, hacia el cementerio. Fue realmente duro. Flory la siguió llamando desesperado:

—¡Elizabeth! ¡Escúchame, Elizabeth!

Ella se alejó sin pronunciar palabra, sin hacer el menor gesto, sin mirarle una sola vez. Caminaba rápidamente por la carretera, dejando un ruido de tacones y dándole la espalda a Flory.


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