Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Los cipayos se habían arremolinado a su alrededor y Verrall se acercó sin descabalgar hasta donde estaba Flory. Algunos de los indios habían saludado a Elizabeth. Verrall en cambio no le había hecho ningún caso; quizá ni siquiera la vio pasar. Flory se puso de pie sintiéndose las articulaciones entumecidas. Estaba muy magullado, pero no tenía ningún hueso roto. Los indios le dieron su sombrero y su bastón, aunque no se disculparon por el descuido que habían cometido. Tenían una actitud ligeramente despectiva hacia él, como si pensasen que se merecía lo que le había pasado. Podía incluso llegar a pensarse que habían aflojado la cincha adrede.
—La silla se escurrió —dijo Flory con el tono débil y aire tonto que se apodera de uno en ocasiones semejantes.
—¿Por qué demonios no la revisó antes de montar? —preguntó Verrall secamente—. Ya debía saber que estos pordioseros no son de fiar.
Con estas palabras, agitó las riendas de su poni y se alejó, dando el incidente por concluido. Los cipayos le siguieron sin despedirse de Flory. Cuando éste llegó a la entrada de su casa, miró hacia atrás y vio que ya habían alcanzado al poni castaño y le habían puesto bien la silla. Verrall lo estaba montando y había reanudado su exhibición.