Los dias de Birmania
Los dias de Birmania La caída le había aturdido de tal manera que apenas podía ordenar sus pensamientos. ¿Qué podía inducir a Elizabeth a actuar de aquella manera? Lo había visto tirado en el suelo, sangrando y dolorido, y había pasado de largo como si se tratara de un perro muerto. ¿Cómo podía haber sucedido eso? ¿Había llegado a suceder en realidad? Costaba creerlo. ¿Estaría enfadada con él? ¿La habría ofendido de algún modo? Todos los criados lo estaban aguardando junto a la cerca. Habían salido para contemplar las proezas de Verrall y todos ellos habían sido testigos de la atroz humillación que había sufrido Flory. Ko S’la avanzó a su encuentro con gesto preocupado.
—¿Se ha herido el dios? ¿Quiere el dios que le lleve a la casa?
—No —contestó el dios—. Ve y tráeme un whisky y una camisa limpia.
Una vez ya dentro, Ko S’la ayudó a Flory a sentarse en la cama y le quitó con sumo cuidado la camisa rota, que tenía pegada al cuerpo por la sangre. Ko S’la chasqueó la lengua.
—¡Ah ma lay! Estas heridas están llenas de porquería. No debería jugar a cosas de niños y menos con ponis ajenos, thakin. No a su edad. Es demasiado peligroso.
—Se escurrió la silla —dijo Flory.