Los dias de Birmania
Los dias de Birmania —¿Para qué? ¡Pobrecita mía! ¿Para qué va a querer un hombre a una mujer?
Y no hizo falta que se dijera nada más.
Durante un buen rato Flory permaneció junto a la orilla del río. La luna estaba en lo alto y se reflejaba en el agua. El aire fresco de aquel lugar había calmado un poco a Flory. No tenía ya ánimos para seguir disgustado. Una vez reflexionó sobre lo que le había pasado, llegó a la conclusión de que se lo merecía justamente. Durante unos momentos, le pareció como si una interminable procesión de mujeres birmanas, un regimiento de fantasmas, desfilase ante sus ojos bajo la luz de la luna. ¡Cielos, qué cantidad de ellas! Un millar; no, tantas no, pero al menos un centenar largo. «¡Vista a la derecha!», pensó marcial y falto de ánimos. Sus cabezas se volvieron hacia él, pero no tenían rostros, sólo óvalos sin rasgos. Le resultaron familiares un longyi azul por aquí, un par de pendientes de rubíes por allí, aunque apenas reconocía ningún rostro o nombre. Los dioses son ecuánimes y hacen de nuestros agradables vicios (muy agradables de hecho) instrumentos para atormentarnos. Flory había pecado más allá de lo perdonable y éste era su justo castigo.