Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Verrall no le pidió a Mrs. Lackersteen que bailara con él, ni prestó la menor atención a los demás europeos cuando, terminado el baile, fue a sentarse con Elizabeth. Acaparó a la joven durante media hora más y después, dándoles escuetamente las buenas noches a las Lackersteen, se marchó sin dirigirse al resto. La larga sesión de baile habÃa dejado a Elizabeth como en una nube. ¡La habÃa invitado a montar con él! ¡Le iba a prestar uno de sus ponis! La joven no reparó siquiera en que Ellis, irritado por su comportamiento, se esforzaba en ser todo lo grosero que era capaz con ella. Los Lackersteen se fueron tarde a casa, pero ni Elizabeth ni su tÃa conseguÃan conciliar el sueño. Hasta pasada la medianoche estuvieron entretenidas arreglando un par de pantalones para montar a caballo y acortándolos para que le sentaran bien a Elizabeth.
—Supongo que sabrás montar, querida —dijo Mrs. Lackersteen.
—Claro, desde luego. Cuando estaba en Inglaterra montaba muy a menudo.
HabÃa montado a caballo sólo una docena de veces en total, y cuando tenÃa dieciséis años. Pero ¿qué más daba eso? HabrÃa cabalgado sobre un tigre con tal de acompañar a Verrall.