Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Cuando por fin terminaron de arreglar los pantalones y Elizabeth se los estaba probando, Mrs. Lackersteen suspiró al contemplarla. Estaba arrebatadora, lo que se dice arrebatadora. Y pensar que dentro de uno o dos dÃas a lo sumo tendrÃan que volver a la selva para pasarse allà semanas o quizá meses, abandonando Kyauktada y perdiendo de vista a éste… qué joven… qué tan buen partido era. ¡Qué lástima! Subieron las escaleras y Mrs. Lackersteen se detuvo con su sobrina a la puerta del dormitorio. Tomó a Elizabeth por los hombros y la besó con más cariño que nunca.
—Querida, serÃa una verdadera pena que tuvieras que marcharte de Kyauktada justo ahora.
—La verdad es que sÃ.
—Pues sabes qué te digo, que no nos iremos a esa horrible selva. Que se vaya sólo tu tÃo. Tú y yo nos quedamos en Kyauktada.