Los dias de Birmania
Los dias de Birmania —¡Esto me ha venido como un regalo caÃdo del cielo! —afirmó a Ma Kin—. Ni yo mismo podrÃa haber dispuesto mejor las cosas. Lo único que necesitaba para que acabasen de tomar en serio mi rebelión era un poco de sangre derramada. Y ya lo tengo. Créeme si te digo, Ma Kin, que cada dÃa estoy más convencido de que algún poder superior obra en mi beneficio.
—Ko Po Kyin, no tienes ninguna vergüenza. No sé cómo te atreves a decir esas cosas. ¿No te hace sentir escalofrÃos cargar con un asesinato en tu conciencia?
—¿Cómo, yo? ¿Un asesinato? ¿De qué estás hablando? No he matado ni a un pollo en toda mi vida.
—Pero te estás aprovechando de la muerte de este pobre muchacho.
—Claro que estoy aprovechándome. ¿Y por qué no iba a hacerlo? ¿Es culpa mÃa que alguien decida cometer un asesinato? El pescador atrapa muchos peces y por hacerlo se condena. ¿Pero nos condenamos también los que comemos el pescado? No. ¿Por qué no Ãbamos entonces a comernos los peces si ya están muertos? DeberÃas estudiar las escrituras con más detenimiento, mi querida Kin Kin.