Los dias de Birmania
Los dias de Birmania En la carta, lo único que le decía, con mucha languidez, era que la amaba y que siempre la amaría pasase lo que pasase. Estaban cara a cara, pegados el uno al otro. Movido por un irreprimible impulso (tan rápido, que le costaba después creer que había pasado realmente), la estrechó entre sus brazos y la atrajo hacia sí. Por un momento, ella cedió y le dejó que la besara; después, repentinamente, se echó para atrás y torció la cabeza. Puede que temiese que los vieran, y puede ser sólo que le molestara el bigote húmedo de Flory. Sin decir más, se soltó y se metió apresuradamente en el Club. En el rostro de la joven pudo percibir señales de angustia y remordimiento, aunque no se la veía disgustada.
La siguió lentamente al interior del Club y se tropezó con Mr. Macgregor, que estaba de un excelente humor. En cuanto vio a Flory, exclamó jovialmente:
—¡Ajá, aquí tenemos a nuestro héroe!