Los dias de Birmania
Los dias de Birmania —¡Oh, venga ya! No me importarÃa canturrear salmos para dar gusto al padre, pero lo que no puedo soportar es la manera que tienen esos malditos cristianos nativos de entrar a empujones en nuestra iglesia. Ese atajo de criados y maestros de escuela. Y luego están esos dos amarillos, Francis y Samuel; también se llaman a sà mismos cristianos. La última vez que el padre vino tuvieron la poca vergüenza de llegar y sentarse en los bancos de delante, con los blancos. Alguien deberÃa comentárselo al padre. ¿Cómo fuimos tan idiotas de dejar a aquellos misioneros sueltos en este paÃs? Contando a los que barren en el bazar que son tan buenos como nosotros. «Por favor, señor, yo cristiano igual que señor». ¡Tendrán cara!
—¿Qué os parece este par de piernas? —dijo Mr. Lackersteen haciendo circular La Vie Parisienne—. Flory, tú sabes francés; ¿qué quiere decir lo que pone ahà debajo? Ay, esto me recuerda a la vez que estuve en ParÃs, la primera que salÃa de casa. Jesús, ojalá estuviera allà de nuevo.