Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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—¿Os sabéis la de «Había una señorita de Woking»? —dijo Maxwell. Era un hombre más bien callado pero, como a otros muchos jóvenes, le encantaba una buena rima de las picantes. Completó la biografía de la señorita de Woking y se rieron. Westfield respondió con la de la señorita de Ealing, que tenía una sensación peculiar, y Flory intervino con la del joven cura de Horsham para el que toda precaución era poca. Hubo más risas. Hasta Ellis abandonó su gelidez habitual y pronunció unas cuantas rimas; las ocurrencias de Ellis solían ser ingeniosas, aunque siempre más obscenas de lo permitido. Todos pasaron un buen rato y estaban más simpáticos, a pesar del calor. Habían terminado sus cervezas y cuando iban a pedir más bebidas, se oyó el chirrido de unas suelas de zapato en los escalones de afuera. Una voz atronadora, que hacía temblar los tablones del suelo, decía jocosamente:

—Sí, definitivamente cómico. Lo pondré en uno de esos breves artículos que hago para Blackwood’s. Me acuerdo de una ocasión en la que andaba yo apostado en el paseo marítimo, otro incidente bastante, ejem, divertido en el que…

Estaba claro que Mr. Macgregor había llegado al Club. Mr. Lackersteen exclamó «¡Demonios, mi mujer está aquí!», y lanzó su vaso vacío tan lejos como pudo. Mr. Macgregor y Mrs. Lackersteen entraron juntos al salón de estar.


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