Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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Mr. Macgregor era un hombre grande y robusto que había pasado ampliamente los cuarenta años, de cara amable y chata, y que llevaba gafas con la montura dorada. Sus hombros corpulentos y la costumbre que tenía de echar la cabeza hacia delante recordaban extrañamente a una tortuga —de hecho, era así como le apodaban los birmanos—. Vestía un traje de seda blanco al cual ya se le podían ver manchas de sudor en las axilas. Saludó a todos con buen humor y se plantó delante del tablón de anuncios, sonriendo satisfecho, jugueteando con una vara tras su espalda como un maestro de escuela. El buen humor que mostraba su rostro era auténtico, y a pesar de que ese intenso aire de estar fuera de servicio y dejar a un lado el rango que ostentaba no era una excentricidad premeditada por su parte, nadie se sentía del todo relajado en su presencia. Su discurso estaba obviamente influenciado por el de esos ingeniosos maestros y curas a los que había tratado siendo muy joven. Cualquiera de las palabras largas, las citas, las frases hechas que figuraban en su mente como graciosas, las introducía con un sonido como “ejem” o “ah”, para que quedara claro que se avecinaba una broma. Mrs. Lackersteen era una mujer de unos treinta y cinco años, hermosa a su manera, estilizada y sin curvas, como un maniquí de modas. Tenía la voz cansada, susurrante y descontenta. Todos se habían levantado cuando ella entraba, y Mrs. Lackersteen se sentó exhausta en la silla que había mejor situada bajo el punkah, abanicándose con una mano tan delgada como la de un tritón.


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