Los dias de Birmania

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—¡Dios mío, qué calor, qué calor! Mr. Macgregor vino y me trajo en su coche. Todo un detalle por su parte. Tom, el granuja que conduce el jinrikisha finge estar enfermo de nuevo. En serio, creo que deberías darle una buena azotaina y dejarle las cosas bien claras. Es horrible tener que caminar cada día con este sol.

Mrs. Lackersteen, a la que poco importaba que la distancia entre su casa y el Club fuera de un cuarto de milla, había hecho traer un jinrikisha desde Rangún. A excepción de los carros de bueyes y el coche de Mr. Macgregor, era el único vehículo rodado que había en Kyauktada, pues el distrito entero no tenía ni diez millas de carretera en total. En la jungla, con tal de no dejar solo a su marido, Mrs. Lackersteen era capaz de soportar todos los horrores que representaban tiendas de campaña con goteras, mosquitos y comida de lata, pero una vez en la colonia se resarcía protestando por pequeñeces.

—En serio, la vagancia de estos criados se está volviendo escandalosa —suspiró—. ¿No está de acuerdo, Mr. Macgregor? Parece como si hoy en día no tuviéramos ninguna autoridad sobre los nativos, con todas esas espantosas reformas y la insolencia que aprenden en los periódicos. En cierto modo, están volviéndose tan horribles como la gente de las clases bajas en Inglaterra.


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