Los dias de Birmania

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Igual que un cocodrilo, U Po Kyin había atacado a su presa por su punto débil. Porque, no hace falta decirlo, aquella escena era obra de U Po Kyin. Había visto su oportunidad como de costumbre, y le dio a Ma Hla May las instrucciones precisas para que representase con esmero su papel. El sacerdote concluyó su sermón casi inmediatamente. No hizo sino terminar y Flory se apresuró a salir sin mirar a nadie. Gracias a Dios, estaba oscureciendo. Cuando ya se distanciaba cincuenta metros de la iglesia, se detuvo y vio a los demás encaminarse por parejas hacia el Club. Le pareció que llevaban prisa. ¡Ah, claro, naturalmente! ¡Tenían algo de lo que hablar toda la noche! Fio se puso panza arriba pegada a sus tobillos, pues tenía ganas de jugar.

—¡Déjame en paz, asqueroso animal! —dijo propinándole una patada.

Elizabeth se había parado junto a la puerta de la iglesia. Mr. Macgregor, siempre al quite, parecía estar presentándole al sacerdote. Poco después, los dos hombres marchaban hacia la casa de Mr. Macgregor, en donde el párroco iba a pasar la noche, y Elizabeth siguió a los demás a unos treinta metros de distancia. Flory corrió tras ella y la alcanzó cuando estaba a punto de llegar a la verja del Club.

—¡Elizabeth!


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