Los dias de Birmania

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Se dio la vuelta, le vio, palideció y aceleró el paso sin decir ni una sola palabra. Pero Flory estaba terriblemente angustiado y la cogió por una muñeca.

—¡Elizabeth, tengo que hablar contigo!

—¡Déjeme marchar!

Comenzaron a forcejear, pero dejaron de hacerlo bruscamente. Dos nativos que acababan de salir de la iglesia estaban observándoles a escasos cincuenta metros con gran interés. Flory se esforzó esta vez por bajar el tono de voz.

—Elizabeth, sé que no tengo ningún derecho a abordarte de este modo. Pero es absolutamente necesario que hable contigo. Por favor, escucha lo que tengo que decirte. ¡No te vayas, por favor!

—¿Qué cree que está haciendo? ¿Por qué me agarra del brazo? ¡Suélteme ahora mismo!

—De acuerdo, te soltaré… ¿Ves? Pero ahora escúchame, por favor. Contéstame tan sólo a una cosa. Después de lo que ha pasado, ¿podrás perdonarme algún día?

—¿Perdonarle? ¿Qué quiere decir con eso de perdonarle?

—Sé que soy una deshonra para la comunidad. ¡Fue lo más miserable y repugnante que podía suceder! Aunque, de algún modo, no fue culpa mía. Lo entenderás todo cuando estés más calmada. ¿Crees, no ahora mismo, me hago cargo; crees que llegarás a olvidarlo?


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