Los dias de Birmania
Los dias de Birmania —¡Elizabeth! ¡Elizabeth! Escúchame. Te ruego que seas justa conmigo y me escuches. Ya sabÃas antes lo que habÃa hecho y que habÃa llevado otro tipo de vida bien distinto hasta que te conocÃ. Lo de esta tarde ha sido sólo un accidente. Lo reconozco, esa desgraciada fue en tiempos mi…, en fin…
—¡No estoy dispuesta a escucharle semejantes indecencias! ¡Me voy!
Flory la cogió de nuevo por las muñecas y la sujetó con fuerza. Afortunadamente, los nativos ya se habÃan esfumado.
—¡No, no, me vas a escuchar! Prefiero ofenderte antes que vivir con esta incertidumbre. Han pasado semanas, meses, y aún no he podido hablar contigo claramente. No pareces darte cuenta de lo mucho que me haces sufrir. Pero esta vez no tendrás más remedio que contestar a lo que te pregunto.
La joven forcejeaba y se revolvÃa, haciendo gala de una sorprendente fuerza. Nunca imaginó Flory que la cara de Elizabeth pudiera mostrar tanta ira y rabia. Lo odiaba tanto que le habrÃa golpeado de tener las manos libres.
—¡Suéltame, animal, suéltame!
—¡Dios mÃo, que tengamos que pelearnos de esta manera! ¿Pero qué otra cosa puedo hacer? No puedo permitir que te vayas sin oÃrme. ¡Elizabeth, tienes que escucharme!