Los dias de Birmania
Los dias de Birmania —¿No significa entonces nada para ti que te diga lo mucho que te quiero? Me cuesta creer que no supieras lo que esperaba de ti. Si lo prefieres, estarÃa dispuesto a casarme contigo con la promesa de no ponerte jamás un dedo encima. Me da igual con tal de tenerte a mi lado. No puedo seguir asÃ, viviendo solo, siempre solo. ¿No podrás perdonarme algún dÃa?
—¡Jamás, jamás! No me casarÃa contigo ni aunque fueras el único hombre sobre la faz de la tierra. Antes me casarÃa con… el barrendero.
Elizabeth se habÃa puesto a llorar. Flory comprendió que hablaba en serio. Se le saltaron las lágrimas. Insistió de nuevo:
—Antes de marcharme, recuerda lo importante que es tener a una persona en el mundo que te quiera. Recuerda que aunque encuentres a hombres más ricos, más jóvenes y mejores que yo en todos los aspectos, nunca darás con alguien que te quiera tanto como yo lo hago. Y aunque no soy rico, al menos puedo ofrecerte un hogar. Podemos encontrar la manera de llevar una vida… civilizada, decente…
—¿No hemos dicho ya todo lo que tenÃamos que decir? —dijo Elizabeth ya más calmada—. ¿Quiere soltarme antes de que llegue alguien?