Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Flory aflojó la presión sobre sus muñecas. La había perdido, de eso no había duda. Como una alucinación, dolorosamente nítida, pudo ver de nuevo el hogar de ambos tal y como lo había imaginado. Vio el jardín, y a Elizabeth en él dando de comer a Ñero y a las palomas por el sendero que flanqueaban unos arbustos de flores amarillas que le llegaban a la altura de los hombros; vio también el salón, con cuadros en las paredes, los bálsamos en el jarrón de porcelana sobre la mesa, las estanterías y el piano negro. El imposible y casi mítico símbolo de todo lo que aquel absurdo y fugaz incidente había echado a perder.
—Deberías tener un piano —dijo víctima de la desesperación.
—No toco el piano.