Los dias de Birmania
Los dias de Birmania La soltó del todo. No servía de nada continuar. En cuanto se vio libre, Elizabeth se metió corriendo en el Club, tan odiosa le resultaba la presencia de Flory. Antes de entrar, cuando andaba junto a los árboles, se detuvo para quitarse las gafas y borrar cualquier señal de haber llorado. ¡Menudo animal, menudo animal! Le había hecho un daño terrible en las muñecas. ¡Era un auténtico animal! Cuando le vino a la mente la imagen de su rostro en la iglesia, cetrino y con aquella marca de nacimiento reluciente, deseó su muerte. Lo que le horrorizó no era lo que Flory había hecho. Podía haber protagonizado mil escándalos semejantes y Elizabeth habría sido capaz de perdonárselos todos. Pero no podía tras aquella última vergonzosa y humillante escena, después de haber contemplado la espantosa fealdad de su rostro desfigurado. Su marca de nacimiento, finalmente, le había condenado para siempre.