Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Su tía se pondría furiosa cuando se enterara de que había rechazado a Flory. Y ahí estaba también su tío, con sus pellizcos en los muslos. Convivir allí con ellos iba a resultarle imposible. Quizá no tendría más remedio que volverse soltera finalmente a Inglaterra. ¡Las cucarachas! Daba igual. Cualquier cosa (ser una solterona, tener que servir; cualquier cosa) antes que casarse con aquel hombre. ¡Jamás, jamás se entregaría a un hombre que ha sido humillado públicamente de esa manera! Antes, mucho antes, morir que eso. Los pensamientos que se le habían pasado por la mente hacía una hora, se habían perdido en el olvido. Ni siquiera recordaba que Verrall la había dejado plantada y que casarse con Flory le habría ayudado a salvar las apariencias. Lo único que sabía es que él era una vergüenza e incluso menos que un hombre, y que le odiaba con la misma fuerza que odiaría a un lunático o un leproso. En este caso, el instinto podía más que la razón o la conveniencia, y desobedecerlo le habría costado tanto como dejar de respirar voluntariamente.