Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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Flory subía la colina sin correr, aunque caminaba tan rápido como le era posible. Lo que iba a hacer, debía hacerse deprisa. Estaba oscureciendo. La condenada Fio, que ni siquiera ahora se daba cuenta de lo serio de la situación, correteaba junto a los pies de su amo, gimoteando quejumbrosa para reprocharle la patada que le había propinado antes. Mientras caminaba por el sendero, sopló una ráfaga de viento entre los plátanos, agitando las hojas caídas y trayendo consigo un olor a humedad. Iba a empezar a llover de nuevo. Ko S’la tenía preparada la cena en la mesa y estaba quitando algunos escarabajos voladores que se habían suicidado atraídos por la lámpara de petróleo. Obviamente, no se había enterado todavía de lo sucedido en la iglesia.

—La cena del santísimo está lista. ¿La quiere tomar el santísimo ahora?

—No, aún no. Dame esa lámpara.

Cogió la lámpara, se dirigió al dormitorio y cerró la puerta. El olor viciado a polvo y humo de cigarrillos le recibieron y bajo la luz blanca e inestable de la lámpara, pudo distinguir los libros mohosos y los lagartos de la pared. Ya estaba de nuevo sumido en aquello, su antigua vida privada y oculta. Después de los últimos meses, volvía al lugar y a la vida de los que había intentado escapar.


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