Los dias de Birmania
Los dias de Birmania ¿No podía volver a soportarlo? Ya lo había hecho antes. Había maneras de sobrellevarlo: los libros, su jardín, la bebida, el trabajo, las prostitutas, la caza, sus conversaciones con el doctor…
No, ya no podía soportarlo por más tiempo. Con la llegada de Elizabeth había aflorado en él una renovada capacidad para sufrir y, sobre todo, albergar esperanzas, las cuales ahora sentía completamente extinguidas. El letargo al que se había medio acomodado durante este tiempo había concluido. Y si estaba sufriendo ahora, lo que quedaba por llegar iba a resultarle muchísimo más doloroso todavía. Elizabeth no tardaría en casarse con alguien. Se imaginaba perfectamente el momento en el que le darían la noticia. «¿Te has enterado de que los Lackersteen han logrado colocar por fin a su sobrina? Al pobre Fulanito, derechito que va al altar. Dios le pille confesado…» A lo que él preguntaría fingiendo indiferencia: «¿De veras? ¿Cuándo van a celebrar la boda?». Luego llegaría el día de la boda, la noche nupcial… ¡No, eso no! Obsceno, obsceno. No podía quitárselo de la cabeza. Obsceno. Sacó su baúl de latón de debajo de la cama, cogió la pistola automática, metió un cartucho en la recámara y la cargó.