Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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Se acordó de Ko S’la en su testamento. Quedaba Fio. Dejó la pistola apoyada sobre la mesa y salió afuera. Fio jugaba con Ba Shin, el hijo menor de Ko S’la bajo el techado de la cocina, donde los criados habían dejado los restos de una fogata. Brincaba en tomo al niño sacando los dientes, como si quisiera morderle, mientras que el crío, con la tripa enrojecida por el reflejo de las ascuas, le pegaba cachetes riéndose y a la vez temiendo un bocado de la perra.

—¡Fio! ¡Ven aquí, Fio!

Le oyó y acudió obedientemente, deteniéndose junto a la puerta del dormitorio. Parecía haber notado que sucedía algo raro. Retrocedió un poco y se quedó mirándole atemorizada, sin querer entrar en el dormitorio.

—¡Ven aquí!

Meneó la cola, pero no se movió del sitio.

—¡Venga, Fio! ¡Ven conmigo, bonita!

De repente, Fio quedó atenazada por el terror. Gimoteó, dejó caer el rabo y se encogió.

—¡Ven aquí, maldita sea! —gritó para después cogerla por el collar y arrastrarla dentro de la habitación, cerrando la puerta tras de sí. Fue hacia la mesa a por la pistola. Fio se agazapó y gimoteó de nuevo pidiendo perdón. Le dolió mucho oírle.

—¡Venga, buena chica! ¡Mi Fio bonita! El amo nunca te haría daño. ¡Ven aquí!


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