Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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Se arrastró lentamente hasta él, con la panza pegada al suelo y la cabeza gacha, como si tuviera miedo de mirarle. Cuando estuvo a un metro de distancia, Flory disparó, volándole la cabeza en pedazos.

Su cerebro, esparcido por el suelo, parecía terciopelo rojo. ¿Tendría el suyo el mismo aspecto? El corazón, no la cabeza. Oyó las carreras y los gritos de los criados; debían haber escuchado el disparo. Se abrió deprisa la chaqueta y puso la boca del cañón contra la camisa. Una diminuta lagartija, translúcida como una criatura de gelatina, perseguía a una polilla blanca por el borde de la mesa. Flory apretó el gatillo con el pulgar.

Cuando Ko S’la irrumpió en la habitación, lo único que vio al principio fue el cadáver de la perra. Después descubrió los pies de su señor, talones arriba, sobresaliendo por detrás de la cama. Gritó que no dejasen entrar a los niños y enseguida llegaron los demás con sus chillidos. Ko S’la cayó sobre sus rodillas junto al cuerpo de Flory y en ese preciso instante se asomó Ba Pe, que venía corriendo de la veranda.

—¿Se ha disparado él?

—Creo que sí. Dale la vuelta para que quede boca arriba. ¡Fíjate en eso!… ¡Corre a avisar al doctor indio! ¡Corre lo más rápido que puedas!


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