Los dias de Birmania
Los dias de Birmania —Me temo que he de irme —dijo. Tengo cosas que hacer antes del desayuno, desgraciadamente.
—Quédate y tómate otro trago, hombre —dijo Westfield—. Aún es pronto. Tómate una ginebra. Date un capricho.
—No, gracias, tengo que irme. Venga, Fio. Adiós Mrs. Lackersteen. Adiós a todos.
—Ahà va Booker Washington, el defensor de los negros —dijo Ellis mientras Flory desaparecÃa. De Ellis siempre se podÃa esperar que dijera algo desagradable de cualquiera que acabara de abandonar la habitación—. Supongo que irá a ver a Very-slimy. O a lo mejor se ha largado para no tener que pagar una ronda.
—Venga, hombre, no es un mal tipo —dijo Westfield—. A veces tiene cosas de bolchevique. Pero me imagino que no dice en serio ni la mitad.
—Oh, sÃ, un buen hombre, por supuesto —dijo Mr. Macgregor—. Todos los europeos de la India son buenas personas ex oficio, o más bien ex colore, a no ser que hagan algo escandalosamente ofensivo. Es un privilegio innato.
—Es un poco demasiado bolchevique para mi gusto. No puedo tolerar a un tipo que alterna con nativos. No me deberÃa ni extrañar que sea en cierto modo de la misma calaña. Eso explicarÃa la marca negra que tiene en la cara. Caballo pÃo. Y parece un amarillo, con el pelo tan negro, y la piel como la de un limón.