Los dias de Birmania

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Hubo algo de revuelo inconexo alrededor de la figura de Flory, aunque no demasiado, pues a Mr. Macgregor no le gustaban los escándalos. Los europeos se quedaron tiempo suficiente para otra ronda. Mr. Macgregor contó su anécdota del paseo marítimo, la cual podía insertarse prácticamente en cualquier contexto. Y entonces la conversación retomó el anterior y siempre inagotable tema: la insolencia de los nativos, la debilidad del Gobierno, los añorados días en que el Raj británico era el Raj británico y por favor denle quince latigazos al portador de la nota. Este tema nunca se abandonaba por mucho tiempo, en gran parte debido a la insistencia de Ellis. Además, había que comprender la acritud de los europeos. Vivir y trabajar entre orientales podía acabar con la paciencia de un santo. Y todos ellos, en especial los oficiales, sabían lo que era que se les faltase al respeto y se les insultase. Casi a diario, cada vez que Westfield o Macgregor, o incluso Maxwell, iba por la calle, los chicos de la escuela secundaria, con sus caras jóvenes y amarillas —caras planas como monedas de oro, henchidas de ese desquiciante desdén que con tanta facilidad aparece en el rostro mongol— se mofaban de ellos a su paso; nada más darse la vuelta se reían a carcajadas de ellos, como hienas. La situación de los oficiales anglo-indios no era tan buena como podía parecer. Pasándose la vida en campamentos incómodos, en oficinas en las que se achicharraban, en lóbregos bungalows de dak[7] que olían a polvo y arcilla, se habían ganado, quizá, el derecho a ser un poco antipáticos.


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