Los dias de Birmania

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Iban a dar las diez, y el calor había pasado el límite de lo tolerable. Gotas claras de sudor aparecían en las caras de todos, y en los antebrazos desnudos de los caballeros. Una mancha húmeda crecía más y más en la espalda de la chaqueta de seda de Mr. Macgregor. La luz deslumbrante que había afuera parecía filtrarse a través de las persianas de bambú, cegando los ojos y haciendo sentir que faltaba el aire. Todos se acordaron con malestar de los pesados desayunos y de las largas horas que quedaban por llegar. Mr. Macgregor se levantó suspirando y se ajustó las gafas, que con el sudor de la nariz se le habían resbalado.

—Qué pena que una reunión tan agradable tenga que concluir. Debo irme a casa para desayunar —dijo—. El Imperio me llama. ¿Llevo a alguien? Mi chofer está esperando con el coche.

—Oh, se lo agradeceríamos mucho si nos pudiera llevar a Tom y a mí —dijo Mrs. Lackersteen—. Menudo alivio no tener que andar con este calor.

Los demás se pusieron en pie. Westfield estiró los brazos y bostezó por la nariz.

—Creo que hay que moverse. Acabaré durmiéndome si me quedo aquí sentado. ¡No quiero ni pensar el calor que va a hacer hoy en aquella oficina! Montones de papeles. ¡Dios mío!


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