Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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—No os olvidéis de que hay tenis por la tarde —dijo Ellis—. Maxwell, maldito vago, no te escaquees otra vez. Aquí con la raqueta a las cuatro y media en punto.

—Apres vous, madame —dijo Mr. Macgregor galantemente desde la puerta.

—Tú delante, Macduff —dijo Westfield.

Salieron al encuentro de la cegadora luz blanca del sol. El calor rodaba por la tierra como el aliento de un horno. Las flores, que cansaban la vista, ardían con los pétalos inmóviles, corrompidas por el sol. El calor hacía que la fatiga se metiera entre los huesos. Había algo horrible en todo eso; era horrible pensar en aquel cielo azul, deslumbrante, que se extendía sobre Birmania y la India, sobre Siam, Camboya, China, sin nubes, interminable. La chapa del coche de Mr. Macgregor estaba demasiado caliente como para tocarla. El momento más infernal del día estaba comenzando, el momento, como decían los birmanos, «en el que los pies callan». Apenas ninguna criatura se movía, excepto los hombres, las columnas negras de hormigas que, animadas por el calor, marchaban por el sendero con forma de lazo, y los buitres negros, que remontaban el vuelo aprovechando las corrientes de aire.


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