Que no muera la aspidistra

Que no muera la aspidistra

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Un total de ochocientos volúmenes forraban tres de las cuatro paredes de la habitación, hilera tras hilera de llamativos lomos rectangulares, como si las paredes hubiesen sido construidas con ladrillos de diversos colores dispuestos en vertical. Los libros estaban colocados en orden alfabético: Arlen, Burroughs, Deeping, Dell, Frankau, Galsworthy, Gibbs, Priestley, Sapper, Walpole… Gordon los contempló con un odio sereno. En esos momentos detestaba todo tipo de libros, en especial las novelas. ¡Qué espanto pensar en toda esa masa de basura húmeda y sin sentido amontonada en un mismo sitio! Pudin, pudin pringoso. Ochocientas porciones de pudin emparedándole bajo una bóveda hecha de un conglomerado parecido al pudin. La idea le resultaba agobiante. Se encaminó hacia la parte delantera de la tienda, que daba a la calle, atusándose el pelo. Era un gesto habitual. Después de todo, podía haber alguna chica al otro lado de la puerta de cristal. Gordon no era especialmente atractivo. No llegaba al metro setenta y, como solía llevar el pelo demasiado largo, daba la impresión de tener la cabeza ligeramente desproporcionada con relación al cuerpo. Siempre había sido consciente de su corta estatura. Cuando notaba que alguien lo miraba, se erguía muy tieso, sacando pecho, con un aire de indiferencia que a veces conseguía engañar a gente poco sagaz.



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