Que no muera la aspidistra
Que no muera la aspidistra Era la hora solitaria de después de comer, en la que pocos clientes entraban en la librería, si es que entraba alguno. Estaba solo con siete mil libros. Contiguo a la trastienda, el habitáculo, pequeño y oscuro, que olía a polvo y a papel húmedo, se hallaba abarrotado de libros, la mayoría viejos e invendibles. En las estanterías superiores próximas al techo se encontraban los volúmenes en cuarto de enciclopedias desfasadas, apiladas de costado como ataúdes en una fosa común. Gordon apartó las cortinas azules y polvorientas, que hacían las veces de puerta a la sala contigua. En esta estancia, mejor iluminada que la anterior, se encontraba la sección de préstamos. Era una de esas bibliotecas de «a dos peniques, sin depósito» que tanto gustaba a los lectores tacaños. Por supuesto, solo había novelas, ¡y qué novelas! Pero eso era lo que el público esperaba.