Que no muera la aspidistra

Que no muera la aspidistra

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Sintió náuseas al pensar que solo tenía cinco peniques y medio por todo capital, tres de ellos inservibles. ¿Cómo iba a comprar nada con un joey? No es una moneda, sino una sorpresa que sale de una tarta. A menos que la des con otras monedas, te sientes un auténtico idiota cuando la sacas del bolsillo. «¿Cuánto es?», preguntas. «Tres peniques», responde la dependienta. Y después de rebuscar hasta en el último rincón de los bolsillos, te topas con esa cosa ridícula y absurda, que sin ayuda de nadie se te adhiere a la punta del dedo como el confeti. La dependienta suspira con desdén; se percata al instante de que es la última moneda que te queda. Observas la mirada fugaz que dirige a la moneda y sabes que se está preguntando si todavía tendrá pegado algún trozo de pudin de Navidad. Y entonces sales por la puerta con ademán airado y la nariz apuntando al cielo, sabiendo que nunca más regresarás a esa tienda. ¡No!, no se gastaría el joey. Dos peniques y medio, ¡dos míseros peniques y medio hasta el viernes!







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