Que no muera la aspidistra

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Al ponerse de pie, las monedas resonaron en el bolsillo de sus pantalones. Sabía con exactitud cuánto dinero tenía: cinco peniques y medio, en monedas de un penique, medio penique y un joey[1]. Se detuvo a pensar, sacó del bolsillo el diminuto joey y lo contempló. ¡Qué cosa tan espantosa e inútil! Y qué idiota había sido al aceptarla. Fue el día anterior, cuando compró los cigarrillos. «No le importa que le dé una moneda de tres peniques, ¿verdad, señor?», le espetó con un gorjeo aquella pequeña bruja de la tienda. Y, naturalmente, él no se había negado: «No, claro que no», le contestó. ¡Qué imbécil, qué maldito imbécil!












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